La Cruz de la Victoria, también llamada de Pelayo, revestida de oro y piedras preciosas por Alfonso III el Magno en el castillo de Gauzón y trasladada después al relicario de la santa catedral basílica de Oviedo donde se guarda.

Representa la obra más excelsa, realizada por orfebres asturianos y artistas procedentes del reino franco, que el rey Alfonso III mandó hacer como donación a la catedral de San Salvador de Oviedo el 27 de Marzo de 908, conmemoración del día de Pascua.
La cruz es de tipo latino, ensanchándose los brazos hacia sus extremos. En el enlace o centro de unión se encuentra una cajita relicario. En su anverso destaca el medallón de cristal de roca (sustituido por una amatista de color oscuro).
En su entorno se disponen 8 paneles de esmaltes y rodeando el conjunto 8 cabujones desaparecidos. La corona circular alterna cabujones con placas esmaltadas de diversa policromía, las cuales conservan figuras de un cuadrúpedo, un ave y un pez; los llamados tria genera animalium.
Placas esmaltadas que vuelven a repetirse en forma cuadrangular en los brazos con la representación nuevamente de los tria genera animalium. El reverso de la Cruz recoge la inscripción de donación de Alfonso III y su esposa Jimena en 908 y en la que se recoge el texto que resalta el signo de protección en que se ha convertido la Cruz: Con este signo se protege al piadoso. Con este signo se vence al enemigo.

Según la leyenda el alma de madera de roble de la Cruz de la Victoria, sería la cruz que llevaría Pelayo en Covadonga y con la que vencería al Islam. La realidad es que responde a la tradición presente en la Monarquía Asturiana, de recurrir a la Cruz como emblema y lábaro.
Es una Cruz de estructura similar a la Cruz de los Ángeles, a la que se añadieron esmaltes. La técnica (de origen bizantino a través de influjos mozárabes) empleada para elaborar esta cruz, fue utilizada posteriormente para la famosa Caja de las Ágatas, regalo de Fruela II en 910 a la Catedral de Oviedo, caja de madera con ónice, esmaltes en azul y rojo, piedras preciosas y esmaltes de metal, representaciones abstractas que evocan un lujo bárbaro que enlaza con la tradición visigoda aún más directamente que la arquitectura.
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